Monday, February 27, 2006

Relato de Raymond Carver, para la concurrencia


Intimidad

Tengo unas gestiones que hacer al oeste del estado, así que aprovecho para pararme en la pequeña población donde vive mi ex mujer. No nos hemos visto en cuatro años. Pero de cuando en cuando, siempre que se publica algo mío o escriben sobre mí en revistas y periódicos -una semblanza, una entrevista-, le envío los recortes. No sé por qué lo hago; tal vez porque pienso que puede interesarle. Pero ella nunca me contesta.
Son las nueve de la mañana. No la he llamado por teléfono, y la verdad es que no sé cómo va a recibirme.
Pero me deja pasar. No parece sorprendida. No nos damos la mano. Ni que decir tiene que no nos besamos. Me hace pasar a la sala. Llevo apenas unos segundos sentado cuando me trae café. Luego empieza a decirme lo que piensa. Dice que soy el culpable de su angustia, que he hecho que se sienta desnuda y humillada.
Que quede claro: me suena tan familiar que no me siento en absoluto incómodo.
Dice: Y entonces te metiste de lleno en el engaño. Tan pronto. Siempre te has sentido bien en el engaño. No, no es cierto. Al principio al menos no era así. Entonces eras diferente. Pero también yo era distinta, imagino. Todo era distinto entonces. No, fue después de que cumplieras los treinta y cinco, o treinta y seis, por esa época, no sé cuándo exactamente, mediada la treintena. Entonces empezaste. Vaya si empezaste. Te volviste contra mí. Te despachaste a gusto. Debes de sentirte muy orgulloso de ti mismo.
Dice: A veces tengo ganas de gritar.
Deberías olvidar los días duros, los malos tiempos al hablar de aquella época, me dice. Párate a pensar también en los buenos, me dice. ¿O es que no los hubo? Le gustaría que dejase a un lado los otros, los malos. Está harta del dichoso tema. Hastiada de oír hablar de ello. Tu cantinela preferida, dice. Lo hecho, hecho está, y el pasado nadie puede cambiarlo. Una tragedia, sí. Bien sabe Dios que fue una tragedia, más que una tragedia. Pero ¿a qué viene volver sobre ello? ¿Es que no te cansas nunca de desenterrar la vieja historia?
Dice: Deja a un lado el pasado, por el amor de Dios. Todas esas viejas heridas. Seguro que en tu carcaj han de quedarte otras flechas.
Dice: ¿Sabes una cosa? Creo que estás enfermo. Creo que estás como una cabra. Oye, ¿no te creerás todas esas cosas que dicen de ti? No te las creas ni en broma. Mira, yo podría contarles un par de cosas. Déjame hablar con ellos; yo sí que podría contarles algo bueno.
Dice: ¿Me estás escuchando?
Te estoy escuchando, digo. Soy todo oídos, digo.
Dice: ¡Lo que he tenido que aguantar, señor mío! Y además, ¿quién te ha pedido que vengas a verme? Yo no, desde luego. Apareces y entras. ¿Qué diablos quieres de mí? ¿Sangre? ¿Más sangre? Pensaba que tenías ya la panza llena.
Dice: Piensa que estoy muerta. Quiero que me dejes en paz. Lo que quiero es que me dejes en paz, que me olvides. Mira, tengo cuarenta y cinco años. Cuarenta y cinco, y tengo la impresión de tener cincuenta y cinco, o sesenta y cinco. Así que déjame en paz, ¿quieres?
Dice: ¿Por qué no borras toda la pizarra y miras luego lo que queda? ¿Por qué no empiezas de nuevo otra pizarra? Hazlo, a lo mejor llegas lejos.
Esto último le hace reír. Yo río también, pero en mi caso son los nervios.
Dice: ¿Sabes una cosa? También yo tuve mi oportunidad, pero la dejé pasar. Sí, la dejé pasar. No creo habértelo contado nunca. Pero ahora mírame. ¡Mírame! Echame un buen vistazo, ahora que puedes. Me dejaste tirada como un trapo, grandísimo hijo de perra.
Dice: En aquel tiempo yo era más joven, y mejor persona. Quizá tú también lo eras. Mejor persona, me refiero. Lo eras, sin duda. Tenías que ser mejor persona, porque si no nunca habría tenido nada que ver contigo.
Dice: Te quise tanto. Te quise con locura. Sí, así te quise. Más que a nada en el mundo. ¿Te das cuenta? Es para morirse de risa. ¿Te imaginas? Estábamos tan íntimamente unidos en aquella época que apenas puedo creerlo. Creo que eso es precisamente lo que más extraño se me hace ahora. El recuerdo de haber tenido tal intimidad con alguien. Una intimidad tan grande que me dan ganas de vomitar. No me cabe en la cabeza una intimidad así con otra persona. Nunca he vuelto a tenerla.
Dice: Sinceramente, quiero que me dejes al margen de todo de ahora en adelante. Lo digo en serio. Además, ¿quién te has creído que eres? ¿Te crees Dios o algo parecido? Tú no eres digno ni de lamerle las botas. Ni las botas de Dios ni las de nadie, si vamos al caso. Señor mío, ha estado usted frecuentando gente que no le conviene. Pero ¿qué puedo saber yo? Ya ni siquiera sé qué es lo que sé. Pero sé que no me gusta lo que has ido repartiendo a manos llenas. Al menos sé eso. Ya sabes a lo que me refiero, ¿no? ¿Me equivoco?
No, digo. En absoluto.
Dice: Vas a darme la razón en todo, ¿no? Te das por vencido muy fácilmente. Siempre has sido igual. No tienes principios, ni uno solo. Eres capaz de cualquier cosa con tal de escurrir el bulto al menor conflicto. Aunque eso no viene a cuento.
Dice: ¿Te acuerdas de aquella vez que te amenacé con un cuchillo?
Lo dice como de pasada, como si se tratara de algo sin importancia.
Vagamente, digo. Seguramente me lo merecía, pero no lo recuerdo bien. Vamos, cuéntamelo, adelante.
Dice: Creo que ahora empiezo a entender... Creo que sé a qué has venido. Sí. Sé por qué estás aquí, aunque quizá tú no lo sepas. Pero eres un viejo zorro. Sabes por qué estás aquí. Has salido de pesca. En busca de material. ¿Me acerco? ¿He dado en el clavo?
Cuéntame lo del cuchillo, digo.

Dice: Si te interesa saberlo, lamento no haber llegado a utilizarlo. De veras. Lo digo con el corazón en la mano. Lo he pensado una y mil veces, y siento mucho no haberlo utilizado. Tuve ocasión de hacerlo. Pero vacilé. Dudé y la oportunidad se perdió, como dijo alguien. Pero debería haberlo utilizado, y al diablo con todo. Debería haberte dado un tajo en el brazo, al menos. Al menos eso.
Pero no lo hiciste, digo. Creí que ibas a darme una cuchillada, pero no lo hiciste. Luego te quité el cuchillo.
Dice: Siempre has tenido suerte. Me lo quitaste y me diste una bofetada. Siento mucho no haber utilizado aquel cuchillo. Un pequeño corte, al menos. Hasta un pequeño corte habría bastado para dejarte un buen recuerdo mío.
Tengo montones de recuerdos, digo. Y al punto me arrepiento de haberlo dicho.
Dice: Amén, hermano. Por si no te has dado cuenta, ahí está la manzana de la discordia. Ahí reside todo el problema. Pero en mi opinión, como ya te he dicho, recuerdas lo que no deberías recordar. Recuerdas las cosas bajas, vergonzosas. Por eso te has interesado tanto cuando he sacado a relucir lo del cuchillo.
Dice: Me pregunto si alguna vez te arrepientes de algo. Si es que ese sentimiento vale algo hoy día. No mucho, me temo. Aunque tú deberías ser ya un especialista en el tema.
Arrepentimiento, digo. No me interesa gran cosa, la verdad. No es un vocablo que utilice muy a menudo. Arrepentimiento. No, supongo que en general no siento nada parecido. Admito que tengo tendencia a recrearme en el lado oscuro de las cosas. Bueno, a veces. Pero ¿arrepentimiento? No, creo que no.
Dice: Eres un grandísimo hijo de perra, ¿lo sabías? Un despiadado e insensible hijo de perra. ¿ Te lo han dicho alguna vez?
Sí, tú, digo. Miles de veces.
Dice: Yo siempre digo la verdad. Aunque duela. Nunca podrás cogerme en una mentira.
Dice: Se me cayó la venda de los ojos hace mucho tiempo, pero ya era tarde. Tuve mi oportunidad, pero la dejé escapar entre los dedos. Durante un tiempo llegué incluso a pensar que volverías. ¿Cómo pude imaginar algo semejante? Debía de estar muy desquiciada. Tengo ganas de llorar a mares, pero no voy a darte ese placer.
Dice: ¿Sabes? Si te estuvieras quemando vivo ahora mismo, si de pronto tu cuerpo se pusiera a arder en este mismo instante, no correría a echarte encima un cubo de agua.
Ríe ante lo que acaba de decir. Pero su semblante vuelve a ponerse grave en seguida.
Dice: ¿Qué diablos haces aquí? ¿Quieres seguir oyendo cosas? Podría seguir así días y días. Creo que sé por qué has venido, pero quiero que seas tú quien me lo diga.
Al ver que no respondo, que sigo allí sentado y quieto, continúa.
Dice: A partir de entonces, a partir del día en que te fuiste, ya nada me importaba. Ni los niños, ni Dios, ni nada. Era como si no supiera qué cataclismo me había fulminado. Era como si de pronto hubiera dejado de vivir. Había ido viviendo año tras año, y de pronto la vida cesaba. No se detenía sin más, sino con un chirrido horrible. Pensé: si para él no valgo nada, tampoco valgo nada para mí misma, para nadie. Eso fue lo peor. Sentía que se me iba a romper el corazón. ¿Qué, digo? Se me había roto. Claro que se me rompió. Así, sin más. Y sigue roto, si te interesa saberlo. Esa es la verdad, en pocas palabras. Lo puse todo en ti: todos los huevos en la misma cesta. Eso es lo que hice. Todos los huevos podridos en la misma cesta.
Dice: Encontraste a otra, ¿no es eso? No te llevó mucho tiempo. Y ahora eres feliz. Eso es lo que dicen de ti, al menos. «Ahora es feliz.» ¿Sabes? ¡Leí todo lo que me mandaste! ¿Pensabas que no iba a hacerlo? Escuche, señor, le conozco muy bien. Siempre te he conocido bien. Entonces y ahora. Conozco el fondo de tu corazón. Todos sus recovecos. No lo olvides nunca. Tu corazón es una jungla, una selva oscura. Un cubo de la basura, por si quieres saberlo. Si quieren preguntar a alguien, diles que vengan a hablar conmigo. Yo sé muy bien cómo funcionas. Tú deja que vengan por aquí: se enterarán de un buen puñado de cosas. Yo estaba allí. En primera línea, camarada. Luego me exhibiste y ridiculizaste en tu... «literatura». Para que todo el mundo me compadeciera o se permitiera juzgarme. Pregúntame si me importaba. Pregúntame si pasé vergüenza. Vamos, pregúntamelo.
No, digo. No voy a preguntártelo. No quiero entrar en eso, digo.
¡Pues claro que no quieres! ¡Y también sabes por qué!
Dice: Querido, no quiero ofenderte, pero a veces creo que sería capaz de pegarte un tiro y quedarme mirando cómo estiras la pata.
Dice: No puedes mirarme a los ojos, ¿eh?
Dice (y son palabras literales): Ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos cuando te hablo.
Muy bien, de acuerdo, la miro a los ojos.
Dice: Así. Perfecto. Puede que así podamos llegar a alguna parte. Así está mucho mejor. Si la miras a los ojos, puedes saber mucho de la persona con quien hablas. Lo sabe todo el mundo. Pero ¿sabes otra cosa? Nadie en todo el planeta se atrevería a decírtela. Nadie más que yo. Yo tengo derecho. Me gané ese derecho, querido. Bien, escucha, te crees alguien que no eres. Esa es la pura verdad. Pero ¿qué puedo saber yo? Eso es lo que dirán en los cien próximos años. Dirán: «¿Quién era ella, al fin y al cabo?»
Dice: En cualquier caso, de lo que no hay duda es de que tú sí me has tomado a mí por otra persona. ¡Ya ni siquiera tengo el mismo nombre! Ni el que me pusieron cuando nací, ni el que llevé cuando vivía contigo, ni el que tenía hace un par de años. ¿Cómo se explica eso? ¿A qué vienen todos estos cambios? Pues bien, escucha: quiero que me dejes vivir en paz. Por favor. No creo que sea un crimen.
Dice: ¿No deberías estar en otra parte? ¿No tienes que coger ningún avión? ¿No tendrías que estar en algún sitio a doscientos kilómetros de aquí en este preciso instante?
No, digo. Y lo repito: No. No tengo que estar en ninguna parte.
Y entonces hago algo. Alargo la mano y le cojo la manga de la blusa entre el pulgar y el índice. Y eso es todo. No hago más que tocarla así, y después retiro la mano. Ella no se aparta. No se mueve.
Y he aquí lo que hago luego: me pongo de rodillas, un tipo grande como yo, y cojo el dobladillo de su vestido. ¿Qué estoy haciendo en el suelo? Me gustaría saberlo. Pero sé que estoy donde debo estar, y sigo de rodillas aferrado al bajo de su vestido.
Se queda inmóvil un instante, pero al momento siguiente dice: Está bien, bobo. Eres tan tonto a veces... Levántate. Te digo que te levantes. Venga, hazme caso. Ya lo he superado. Me llevó bastante tiempo, pero logré superarlo. ¿Qué creías? ¿Que me iba a ser fácil? Luego apareces en mi puerta y toda la vieja historia se me viene de nuevo encima. Necesitaba airearla. Pero sabes y sé que todo aquello es agua pasada.
Dice: Durante mucho tiempo mi desconsuelo fue total. Inconsolable... Así estaba yo, cariño. Anota esa palabra en tu pequeña libreta. Puedo decir por experiencia que es la palabra más triste de todo el diccionario. Bien, pero al final pude superarlo. El tiempo es un caballero, dijo un sabio. O alguna mujer vieja y cansada, quién sabe.
Dice: Ahora tengo una vida. Una vida diferente de la tuya, pero supongo que no debemos compararlas. Es mi vida, y eso es lo importante; es de eso de lo que tengo que ser más y más consciente a medida que envejezco. Pero no te sientas demasiado mal. Bueno, quizá tampoco pase nada porque te sientas un poco mal. No te morirás, y es lo menos que puede esperarse de alguien que no es capaz de arrepentirse.
Dice: Vamos, levántate. Tienes que irte. Mi marido está a punto de llegar para el almuerzo. ¿Cómo podría explicarle todo esto?
Es absurdo, pero sigo de rodillas aferrado al bajo de su vestido. No quiero soltarlo. Soy como un terrier, y es como si estuviera pegado al suelo. Como si no pudiera moverme.
Dice: Levántate ahora mismo. ¿Qué pasa? ¿Quieres algo más de mí? ¿Qué es lo que quieres? ¿Que te perdone? ¿Por eso haces todo esto? Es por eso, ¿no es cierto? Por eso te desviaste para venir a verme. Lo del cuchillo parece que te ha reanimado un poco. Creí que lo habías olvidado. Pero ahí estaba yo para recordártelo. Bien, si te vas ahora mismo te diré algo.
Dice: Te perdono.
Dice: ¿Satisfecho? ¿Mejor así? ¿Te sientes feliz? Sí, ahora se siente feliz.
Pero yo sigo allí, arrodillado.

Dice: ¿Has oído lo que he dicho? Tienes que irte. ¿Eh, bobo? Querido, te he dicho que te perdono. Hasta te he recordado lo del cuchillo. ¿Qué más puedo hacer? Has salido bien parado, pequeño. Vamos, date prisa, tienes que irte. Levántate. Así, muy bien. Sigues siendo un hombre grande, ¿eh? Aquí tienes tu sombrero. No te olvides el sombrero. Antes nunca llevabas sombrero. Nunca en la vida te había visto con sombrero.
Dice: Escucha. Mírame. Escucha atentamente lo que voy a decirte.
Se acerca. Su cara está apenas a un palmo de la mía. No habíamos estado tan cerca en mucho tiempo. Aspiro el aire entrecortado y quedamente para que no me oiga, y espero. Tengo la impresión de que el corazón me late más despacio.
Dice: Cuéntalo como crees que debes, y olvida lo demás. Como siempre has hecho. Llevas tanto tiempo haciéndolo que no te será muy difícil.
Dice: Bien. Ya está hecho. Eres libre, ¿no es cierto? Al menos piensas que lo eres. Libre al fin. Era una broma, pero no te rías. De todas formas te sientes mejor, ¿no crees?
Me acompaña por el pasillo.
Dice: No sé cómo podría explicarle esto a mi marido si apareciera en este momento. Pero qué importa. Si nos ponemos a pensarlo, hoy día a nadie le importa un comino nada. Además, creo que todo lo que podía pasar ya ha pasado. A propósito, mi marido se llama Fred. Es un buen hombre. Trabaja duro para ganarse la vida. Y se preocupa por mí.
Me acompaña hasta la puerta, que ha estado abierta todo el rato. Durante toda la mañana han estado entrando la luz y el aire fresco y los ruidos de la calle, pero no nos hemos dado cuenta. Miro hacia el exterior y veo, oh, Dios, una luna blanca suspendida en el cielo de la mañana. No creo haber visto jamás nada tan extraordinario. Pero me da miedo comentarlo. Sí, me da miedo. No sé lo que podría pasar. Hasta podría echarme a llorar. O no entender en absoluto mis propias palabras.
Dice: Puede que algún día vuelvas a verme o puede que no. Lo de hoy no tardará en borrarse, lo sabes. Pronto volverás a sentirte mal. A lo mejor consigues una buena historia de todo esto. Pero si es así, no quiero saberlo.
Le digo adiós. Ella no dice nada. Se mira las manos, luego se las mete en los bolsillos del vestido. Sacude la cabeza. Vuelve a entrar en casa, y esta vez cierra la puerta.
Me alejo por la acera. Unos niños se pasan un balón de fútbol al otro extremo de la calle. Pero no son hijos míos. Ni hijos de ella. Hay hojas secas por todas partes, incluso en las cunetas. Mire donde mire, las veo a montones. Caen de los árboles a mi paso. No puedo avanzar sin que mis pies tropiecen con ellas. Deberían hacer algo al respecto. Deberían tomarse la molestia de coger un rastrillo y dejar esto como es debido.

Tres rosas amarillas ( Editorial Anagrama)

Monday, February 20, 2006

Pierre Menard, autor de Kavafis en La Isla














Foto de Pierre Menard tomada por Anselmo Claris.

No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre.
Volverás a las mismas calles.
Y en los suburbios
llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma.


De: La interpretación de los sueños de Freud. Menard, Pierre. dasDing. Munich. 1947.

Monday, February 13, 2006

Estaba fumando algo fuerte


Sam Merissan

Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel.
Ezequiel 3, 1.

Estaba fumando algo fuerte a orillas del río Kebar. Ezequiel trataba de cruzar al otro lado en busca de mejor vida. Eso es lo que decía pero en realidad sólo quería moverse un poco y sacudirse la arena del culo. Soplaba el viento recio.

Abrió los ojos y vio una gran nube de fuego. Sonrió. Esta es buena yerba, dijo su voz interior. En el medio de la nube parecía distinguirse una luz de neón anunciado Mejor Vida con una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran rectas y bien torneadas y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del buey. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas. De las caderas para abajo vio como fuego que producía resplandor en torno. De las caderas para arriba no vio nada porque no le interesaba. Entre ellas, unas luces incandescentes.

Había un ruido como de muchas aguas. Tuvo ganas de orinar y lo hizo. Volvió a sentarse esperando un poco de tranquilidad para tratar de cruzar la frontera natural. No sabía cómo pero algo se le ocurriría. O mejor, algo le ocurriría. Entonces escuchó una voz atronadora. Ponte de pie y escúchame. Del susto, Ezequiel cayó al suelo dando su rostro primero en el polvo. Estaba tan aturdido que no sintió dolor, ni el tibio hilillo de sangre en la comisura de los labios. Miró hacia atrás, no para huir, sino para cerciorarse de que la aparición de Mejor Vida siguiera allí. No estaba. Maldita sea, pensó. Hey, presta atención, tronó la voz acompañada del relámpago de una linterna de pilas. Necesito que lleves esto al otro lado. Ezequiel, dudoso, preguntó ¿por qué yo? ¿No tienes a más nadie? La voz respondió serena y amenazante, condiciones que sólo la experiencia puede conciliar porque los que se han rebelado contra mí sólo pueden hacerlo una vez. Los he sentado sobre nidos de escorpiones. Pensar en esa incómoda postura logró que Ezequiel hiciera un mayor esfuerzo para concentrarse en lo que le decían. Sólo quiero que vayas al otro lado y le entregues este paquete a mi amigo, Israel Montes. El te estará esperando. El paquete más bien parecía un libro enrollado. La voz enfática comenzaba a asustarlo. Tomó el paquete en sus manos. Ahora cómetelo. Oyó un sonido parecido a pistolas automáticas cargándose y se llevó obediente el paquete a la boca. Es una broma, animal. Escuchó risas pero no veía demasiado. Estaba oscuro. ¿Qué me toca a cambio? Se atrevió a preguntar. Boñiga de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón. Sintió un fuerte empujón y que cuatro brazos lo cargaban en dirección a la orilla del río. Lo colocaron en un bote de remos. Dirígete hacia aquellas luces verdes. Si te desvías desde aquí te volamos la calabaza. Eran apenas unos 300 metros lo que separaba una orilla de la otra. Pero ambos extremos estaban bien guardados por oficiales armados. No hay nada que temer, nosotros hacemos la ley y la trampa, dijo la voz atronadora, mientras encendía un cigarro. Él comenzó a remar jugando con las palabras calabaza, cabeza, celabeza, cabelaza…

No tomó mucho tiempo cruzar el río. Se sentía tan tranquilo que una voz interior le decía: Tranquilo, Ezequiel. Sonrió ante la falta de originalidad de su voz interior. Llegó a un pequeño embarcadero rodeado de bonitas luces verdes. Tomó el paquete y saltó hacia la madera sin dificultad. Miró al cielo, hermoso, lleno de estrellas. Ya estás al otro lado, se dijo. Se acostó en el suelo allí mismo con el paquete sirviéndole de almohada. Cuando estaba a punto de quedar dormido escuchó pasos. Cerró los ojos más fuertemente para tratar de escapar por medio de un extraño sortilegio pero no funcionó. Pssst, mira, levántate pendejo. Abrió los ojos y pudo distinguir el rostro de un hombre curtido por la vida pero de rostro apacible. Se puso de pie. ¿Israel Montes?, preguntó. Para servirle a usted. Ezequiel entregó el paquete. El hombre entonces le ordenó seguirlo. Salieron a una calle justo al lado del embarcadero. Limpia, con algún negocio abierto a esas horas. Tranquila. Montes le señaló un bote de basura. Allí está lo suyo. Usted nunca me ha visto y por supuesto mi nombre no es ese que usted sabe. Y ¿quién es usted? preguntó impertinente. Soy el que soy. ¿Qué hay ahí dentro?, se atrevió a preguntarle. El falso Israel Montes se rió de buena gana mierda de buey para que hagas tu pan sobre ella, cabrón, y tuvo la confianza de darle una palmada en el hombro. Usted parece buen tipo, no se meta en problemas, váyase a su casa. Y no sea preguntón, carajo. Dicho esto se alejó.

Ezequiel esperó uno, dos minutos. Quizás tres. Se acercó al bote de basura. Pensó en si lo que le decían era literal o simbólico. Caminó hacia el lugar señalado y vio un pequeño bolso de cuero negro. Lo tomó y sin mirar a ninguna parte se dirigió al final de la calle.

Seol Mossebot, creyó leer en el letrero de neón. Antes de entrar abrió el bolso y se sorprendió con los billetes de denominación altísima. Jajajaja. Malditos hijos de puta. Los quiero, gritó. Atravesó las pesadas puertas de entrada en cristal oscuro. Una barra simple pero elegante y tres mesas de billar. Había cuatro bailarinas cuyo aspecto era el siguiente: sus piernas eran bien torneadas y calzaban zapatos de tacón alto. Ezequiel lanzó una carcajada por lo obvio del asunto y por las minifaldas plateadas.

Friday, February 10, 2006

Noticias de las actividades líricas (fragmentos)

Da dog. Foto de Antonio Salas

(…) De ello podríamos concluir que una ración de poesía forma parte del proceso normal de socialización. En este aspecto la lírica sigue siendo una forma de comunicarse con uno mismo y de terapia personal. Y de este modo quizás también podrá explicarse, por lo menos en parte, uno de los rasgos más contradictorios de su práctica: el hecho de que se escriban muchas más poesías de las que se leen. La poesía es el único medio de comunicación en el que el número de productores supera al de los consumidores.

(…) Sí, es una lástima, pero no se puede negar: la sociedad de los poetas, con su orden de picoteo, sus envidias y banalidades, se parece a la sociedad en general como dos gotas de agua. Individualmente los poetas no son menos encantadores o inteligentes que otras personas, pero dentro del colectivo, y esto quiere decir siempre que se reúnan mas de tres en nombre de la poesía, se observa una lamentable vacilación entre delirio de grandeza y ser ignorado, entre actitudes de gurú y resentimiento, entre ensimismamiento y afán de prestigio. Cuanto más microscópicos los éxitos, más mezquina resulta la lucha por la competencia. El hecho de que ésta casi nunca se admita y mucho menos se dirima en público, todavía depara mayor pesadumbre y convierte la escena poética en una parodia involuntaria.

(…) creo que un arte tan inventivo, impagable y tenaz como la mala hierba no sólo es capaz de sobrevivir a la ingratitud del mundo, sino también al ciego empeño de sus seguidores.

Hans Magnus Enzensberger

Para recitarlo con altoparlantes en la blogsfera y en los ciegos empeños de los cafés.

Sunday, February 05, 2006

LA MAFIA CHINA y otros datos curiosos



Yao Mingg
Especial para Sirreal News


Con más de 100 mil miembros alrededor del mundo, la mafia china es la más numerosa y la más internacionalizada. Si tomamos en cuenta la población china, los asesinos, las víctimas, los gays, los marxistas, los impedidos, los mineros muertos, son los más numerosos del mundo. Del otro lado de las relaciones numerológicas, los alemanes no han dado más que un Papa y los nigerianos ninguno. El promedio es revelador, dijo el sacerdote católico, Juan del valle, cuando se le preguntó su opinión.

Desde sus bases en Guangdong, Hong Kong, y Taiwán, la mafia china ha establecido una fuerte presencia en Europa, Estados Unidos, Australia, Japón, y el sudeste asiático. Y los fast foods de falsa comida cantonesa o mandarina abundan tanto como los millardos de galones de agua contaminada que van río arriba, en dirección a Rusia o el mar. Pero eso a la mafia China, fuquet.
Sus principales centros de operación en China se ubican en Guangdong y Hong Kong. Justo al lado en donde fabrican los juguetes de lata y plástico. Cerca de los fulminantes.

En Europa están presentes en Gran Bretaña, Francia y Holanda; en Australia se ubican en Sydney y Melbourne. En Puerto Rico en Fongs Cream y en China Palace.

En Japón, los chinos dominan Tokio, Sapporo, Osaka y Fokuoka y en el sudeste asiático, están presentes en Tailandia, Laos y Myanmar. Como dato curioso, los japoneses se hallan por todo Japón, inclusive. En Miami no están porque les disgusta el tabaco.

“Sun Yee On” es la principal banda de la mafia china y alberga alrededor de 56 mil miembros a nivel mundial, seguido de la “14K” con 20 mil miembros y se dedican principalmente al tráfico de drogas e inmigrantes ilegales. Cuando decidan tomar el mundo es mejor rendirse. Perderíamos la batalla por cansancio. Lo más adecuado es hacerse los pendejos, y hay gente muy buena en ese oficio. Raro, pero en la principal banda de rock en español no hay ni seis. Miembros, pendejos hay como dieciocho, dijo Tito Rentas, cantante de Wasabee.

La muerte y la violencia caracterizan a las actividades de la mafia china. Y a la mafia rusa, y a la norteamericana y la italiana. Si no serían un club social. La dominicana se caracteriza por comer plátanos y la boricua por afeitarse las cejas y depilarse mientras unas chamacas bailan reguetón y repiten lo que diga el flaco y el gordo que maúllan, argumento Eugenio Cuevas, estudioso de la materia.

En 2000, 50 indocumentados chinos murieron asfixiados en un contenedor marítimo en el puerto británico de Dover. Mayor cantidad de dominicanos murieron tratando de llegar a Puerto Rico, sin que eso haya ameritado un reportaje completo de Univisión en español.
Y en Australia, en junio de 2002, la mafia china destruyo varios restaurantes asiáticos en Sydney. Desgraciadamente, en Puerto Rico no han destruído el restaurant que queda a la entrada de San José, dejó soslayado un gordito.

El Instituto Nacional de Migración (INM) informó que dentro de los indocumentados que repatriaron el año pasado había 815 estadounidenses y 175 chinos. Lo extraño es que si toda esa gente estaba dentro de los indocumentados, ?por qué los sacaron para afuera? preguntó dubitativa Juana Morales. Un puertorriqueño se hizo pasar por mexicano pero lo atraparon cuando se negó a trabajar en la agricultura, según se supo.

Thursday, February 02, 2006

Para comerte mejor, silencio





Por Antonio Salas

I

- Te voy a comer el culo-
-¿En un sentido translaticio?
- No, en un sentido con aceite de almendras.
- ¿Puedo opinar?
- Claro.
- ¿Puede ser con KY y aceite de coco?

- Me gusta cuando KY porque estás como aceite.
- Calla… alguien está abriendo la puerta.
- ¿Tu marido?
- ¿Cómo voy a saberlo?
- ¿Quién más puede estar abriendo la puerta?
- Un ladrón.

-El ladrón eres tú.

II

¿Quién carajo es usted?, pregunta el marido, que ha desenfundado su arma de reglamento. Es un ladrón, dice la esposa. ¿Un ladrón desnudo?, exclama incrédulo el agente del orden público. Por eso robo, dice el encuerado, no tengo nada. El marido policía lo patea en las bolas. No, no peleen, solicita solícita la mujer. El hombre de azul la mira con odio. Te voy a comer el culo, le grita a la asustada. ¿En un sentido translaticio?, interroga el supuesto ladrón balbuceante.

III

-¿Puedo opinar?- Cállate, cabrón.


Antonio Salas es cocinero. Estudió en la Liga de Arte. Actualmente busca editor para su primer libro de cuentos: Yo quiero ser Tarantino. El texto se reproduce con permiso del autor.

top foto: Ass the bombs fell over Hiroshima and Nagasaki @. Kuniaki Shibata. The tiny zebra, at left, appears for unknow reasons.

Wednesday, February 01, 2006

Habemus caca

Escatofagus permean il ciberespeculum. Excremaunción. Argumentos ad hominen quando non si have nessun argumento del pensiero. Sinking again. Al caraculum. Aedas sono killed, metaphorically speaking, every minute, per poete incredibilemente empanatati nella mediocritá. In mezzo delle furis canis le chick Pastor, ed altre poete giovane. Ma, cane che ladra don´t bite. Keep barking, poet. Remember, escatofagus permean il ciberespeculum. Excremaunción.