Thursday, June 29, 2006

Hi, dear


Cando desperté las latas de cerveza estaban allí. Apenas pude abrir los ojos a la luz. Las sienes me pedían cafeína. Me dirigí a la cocina y, como pude, arreglé todo de manera que escuché y olfateé el café mientras se hacía. Aproveché para abrir la puerta con los ojos entrecerrados y recoger el periódico. Nada. Una lata de cerveza era lo que había a la entrada. Era la segunda vez en una semana que fallaban en entregarme el periódico. No es que me interese lo que pasa en el mundo. Me interesa lo que pasa en el béisbol.

Regresé por mi café con la extraña sensación de que tenía que leer algo mientras sorbía el brebaje. Qué remedio. El País digital. La luz del monitor me llega al hipotálamo. Me coloco las gafas de sol. Decido leer mi correo. Lo usual. Poetas en cadena. Envían sus poemas diarios con una consistencia desusada. Han creado unos nichos en los que cada uno es un gran escritor importantísimo para la continuación de la especie. Llamó mi atención el spam. Cancer message from Milagros Beaver. Alcanzo a sonreír. El café está deliciosamente aromático y un correo basura con un nombre sugerente. Abrí el mensaje:


Hi, Dear

girls want Sex
Find babes Sex Partners Today
secant.versolt.com/g/
you grossman pick caucasus sportsmen boucher racial centrifuge globulin etiquette blackbird onomatopoeic gelable tetrahedra batchelder rev stefan polity catholicism implore battlefield karl tabloid fiat woodside desiderata ferris bunny matrimonial
spume trip mars dependent nasty protoplasmic blockade pushbutton impish dick break sacrilegious frenzy rib certiorari diploid spectacle townsend buckhorn locomotory ballot mild nodular merlin ingrown wastage

Your, Milagros

Esto es poesía, alcancé a decir por lo bajo. Mi vida tiene un propósito. Comunicarme de alguna manera con Milagros Beaver. Entonces escucho que alguien está en mi habitación. Alguien que me llama por mi nombre con una voz desconocida.

La ilustración, Munch Nitemare, de Kebol Shevic, pertenece a la colección privada de Antoine Martorra.

Wednesday, June 28, 2006

La pelea


Hace dos años, mientras hablaba un soldado recién llegado del desierto, Margarita Espada y Rafah Acevedo recrearon para el público de Yerbabruja esta etampa familiar.
A algunos espectadores la escena les pareció sexy.

Thursday, June 01, 2006

Acertijo

Meng Fei Ng

Tres animales vestidos de verde, subían las escaleras hacía el pasillo principal, tres monos blancos en tres actos, un suicidio, un homicidio y un pecado.
Acto primero: Mono blanco del suicidio camina por el pasillo, saca un guineo de su bolsillo, lo pela, se lo come, se ahoga, y muere.
Acto segundo: Mono blanco del homicidio, coge la cáscara de la banana, lo desliza entre la multitud del pasillo atento a la muerte de mono suicidado.
Espera...
19 personas caen injuriándose serías contusiones en sus cuerpos, mueren al instante, al minuto también cae mono homicidio, despareciendo entre la multitud.
Acto tercero: Mono blanco del pecado, come de la cáscara del guineo prohibido dejado a merced como cuerpo del delito, cometió el pecado.
Los tres cumplieron con sus papeles.
Tres esperanzas sofocados en el pasillo principal.
Solo la multitud vive, en pecado junto al mono prohibido.
¿Quién será este mono prohibido?

Wednesday, May 17, 2006

La amada de Edgar Alan















Con su brocal de hormigas tiene la piel atormentada
como este servidor
oyendo tus palabras.

Bajo el olor de los aceites
reposa como el caballo a la sombra y el pasto
la mirada.

La amada de Edgar Alan
-dormida al filo de la madrugada-
sobre la tierra más frágil que el hombre
doblan las fiebres del polvo en escapada.

Duro fantasma entre sus dientes la palabra
me arde la piel con un aceite
de relámpago y de nada

litografía de almendras donde se pierde el nombre
pongo esta lengua
oyendo tus sílabas variadas
ese estruendo callado
que eres tú, la amada de Edgar Alan


Rafa Acevedo


Esta canción, interpretada por DSP, estará incluída en el CD del grupo, Psicofante, distribuido por Souppress.

Friday, May 05, 2006

Concerto II


ah, petición impopular,
DSP, regresa,

Con cierto de rigor
(with something of rigor?)


Taller Cé, calle Robles,
Río Piedras,
sábado 13 de mayo de 2006
9:00 p.m.

DSP sigue (des)compuesto por Marco Trevisani, Rafah Acevedo y Nelson Rivera.

at your own risk, dis will blow anything butt your mind.
por favor, mantenga su celular encendido.

Monday, May 01, 2006

La sublime raja nacional (fragmento)





















Ni en contra ni a favor de la a-letheia, quiero que el levantamiento
de los velos que ocultan la verdad revele la sublime raja de la mentira

Antonio Salas, Qin

Qué proposiciones honestas puedo hacer si admitiera que sólo se pueden hacer proposiciones con sentido si se refieren a algo existente. Las proposiciones sobre lo que no es no son, propiamente hablando, proposiciones. De la nada nada adviene y lo contrario , como señalaba Lucrecio es destruir la causalidad, admitir que de cualquier cosa podría surgir cualquier otra cosa, a suponer que las cosas podrían surgir del azar y en sazones impropias. Escribir por nadie desde una isla que no existe es narrar de esa guisa y forma.

Yo escribo por la noche en donde florecen los enigmas o por el año en el que perdimos las esperanzas y por la ciencia que golpea las lágrimas o en su defecto teóricamente porque no llegaremos nunca a saber nada de los escombros. No dudo, sin embargo, que el autoritarismo anti autoritario de la pospolítica me obligue, so pena del ostracismo, al political correctness de escribir no por sino sobre, para, según, sin, sobre,
t r a s los machos castrados, las mujeres hispanas, los homosexuales negros, los young urban professionals con sida, las madres lesbianas o los indios navajos, en esa otra líquida política de la identidad que aparenta una coexistencia tolerante de estilos de vida. Escribir por nadie desde Puerto Rico es asumir el fundamentalismo que se queeresencializa, como impostura, disfrazándose de ese Otro auténtico, que en nuestro caso es Nadie. (1)

Escribir desde Puerto Rico es asentarse en el espacio de la fábula que no se reconoce fábula. Puerto Rico no existe fuera del relato que lo contiene…y sin embargo se obstina en no desaparecer cuando se hace silencio, o cuando la mano deja de moverse. ¿Será esto lo que llama Zizek, la resistencia inerte de lo falso?(2). ¿Será entonces que reconocer la ficción del relato titulado Puerto Rico nos coloca en el estadio de los subestratos prehumanos? ¿La mano del que escribe desde Puerto Rico es la mano prensil y locomotriz del mono a diferencia de la otra mano desterritorializada, libre, capaz de agenciarse varios instrumentos? No estoy tan seguro de las bondades de esa distinción que esboza Deleuze. La etóloga Janne Goodall nos ha hablado de las emociones comunes, ética y moral de grupo y de ciertas maldades que los humanos compartimos con los chimpancés, como la violencia y abusos de autoridad”(3) Eso sucede con la mano prensil o con la mano libre. Frans de Wall escribió sobre la política de los chimpancés sugiriendo indicios de moralidad en los primates, empatía y, a su vez, complejas tácticas, alianzas, frente a las grandes crisis políticas. Y desde un punto de vista crítico-social, Roger Fouts ha estudiado los orígenes de la inteligencia y muestra un paralelismo en cuanto a inteligencia social y comunicación añadiendo lo siguiente: “Lo más importante es que nuestra inteligencia nos ha alejado de nuestros cuerpos, de nuestras familias y comunidades y hasta de la misma tierra. Esto puede ser un grave error en la supervivencia de nuestra especie a largo plazo”(4). Es decir, la mano que se toca y se retoca y se hala…tal vez es una forma de acercarse al cuerpo en el más acá, no en la palabra sino en el acto. Pero, ahora creo recordar, que no estamos seguros de que los hechos concretos sean hechos.

Así, por ejemplo, asistir, nómade, turístico, sponsored, a un congreso de estudios latinoamericanos en una isla es asumir en cierto modo la perspectiva de Cristoforo Colombo. Más de un@ habrá encontrado lo que buscaba, indi@s hermos@s, impudic@s, desnud@s. Colocados en el punto de mira de aquel relato vintage de la Conquista estábamos al fin del Oriente donde otra ficción, la teología, ubicaba el Paraíso. El descubridor, amparado por la divina providencia correspondía la facultad de llevar la historia al paraíso. Al académico, amparado por la institución y LASA, corresponde la facultad de llevar la descentralización a the shining star of the Caribbean. Pienso en los viajeros de Rabelais. Escribir por nadie, entonces, nos permite, como Tomás Moro, obviar explicaciones sobre enfermedades y demografía. Aquí, es decir, en mi mundo, porque no existe otro más allá de lo que digo, en lugar de tener lo que se desea, se desea lo que se tiene.

Escribir por nadie desde Puerto Rico no cancela el espacio pedagógico de siempre, el de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, por dar otro ejemplo. El asunto en esa historia es quién impone la ley y quien nombra a cada cual. Mírese la hermosura del paisaje desde el Nautilius, el submarino, la isla autosuficiente en la que estudiamos a los Otros para luego, para no convertirnos en club de costumbres monacales, regresar a Tierra Firme. Quizás esta es la Isla del Doctor Moreau o de cualquier otro doctor, Ashford, Rhoads, you name it. Quizás de eso se trata esa apariencia llamada a veces política de identidades múltiples u otras variantes al uso, es decir, aproximarse desde un Nautilius, metafóricamente hablando, para domesticar esa otredad monstruosa, transformándola en una asociada en el horizonte de la comunicación discursiva (Zizek, 65).

He de suponer que de esta experiencia grata de la insularidad se concluya con la producción de textos fundadores de la ley en un lugar sin historia como corresponde a la naturaleza de estos eventos y todos, de una forma u otra regresemos a tierra firme, que es esa legalidad que nadie nombra, el lado obsceno de la norma que todos parecemos sobrellevar con gracia, colgando de rótulos con nuestros nombres.

Monday, April 17, 2006












La secta de los perros
segundo ladrido
se presenta a todos los realengos
este jueves 20 de abril a las 7:30
en La Tertulia del Viejo San Juan (Plaza Colón)

menearán el rabo armando cruz y félix Jiménez
junto a eva siqueiros

Saturday, April 15, 2006

concerto


Dsp
Presenta


con cierto de gloria
(with something of glory?)


taller cé, río piedras
15 de abril de 2006

programita: 1. river rocks, 2. autumn leaves,
3. azules por millas 4. quarta, 5. horizonte, 6. balada de bukowski


Dsp está (des)compuesto por:
marco trevisani, rafah acevedo y nelson rivera

at your own risk, dis will blow anything butt your mind
por favor, mantenga su teléfono celular encendido

Friday, April 14, 2006

Hay que ser realmente idiota para...




Julio Cortázar


Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.

Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.

Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho
muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esamisma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

Tuesday, March 21, 2006

Ella extiende los brazos















la arena de los huesos marca la hora
lanzo la botella al fantasma para que alguien reciba el mensaje
ahora bebe mis alas, dice el ángel, bebe mis alas

pero estoy en una isla desierta nada vuela sino
la arena de los huesos que marcan las horas
lanzo la huella al mensaje para que alguien regrese el fantasma
ahora toma el mensaje, dice la diabla, toma el mensaje

pero de cierto no bebo licor de vuelo.

Luis Sal Sauer

Monday, March 13, 2006

Caníbales y rock


El miércoles 15 de marzo se presentará el libro Cannibalia, de Rafael Acevedo. La mirada crítica estará a cargo de Mara alabalacera Pastor y Félix prácticas de la carne Jiménez. Se invita a los amigos a asistir al Latin Café, al lado de La Tertulia en el Viejo San Juan, a las siete y treinta (7:30) de la noche. Amenizará el grupo de rock experimental El maletín de Betances.










chitarra 3, acuarela de Kebol Shevic

Thursday, March 09, 2006

LOS MENDIGOS




Lu Hsun


Bordeo un muro alto y podrido; caminando a través del fino polvo. Otras personas caminan solas. Una brisa se levanta y sobre el muro, las ramas de los altos árboles, sus hojas a punto de marchitarse, se agitan sobre mi cabeza.

Una brisa se levanta, y el polvo está por todas partes.

Un niño me implora. Está vestido con ropas raídas como los demás. No se ve triste pero me cierra el paso y lloriquea mientras me sigue.

No me gusta su voz, sus gestos. Detesto su falta de tristeza, como si esto fuera un juego. Me repugna la manera en la que me sigue, su lloriqueo. Sigo caminando. Algunas personas caminan solas. Una brisa se levanta y hay polvo por todas partes.

Un niño me implora. Está vestido de ropas raídas como los demás. No se ve triste aunque está mudo. Me estira su mano en una suerte de pantomima. Detesto su gesto. Además, puede que no sea mudo; quizás es su manera de mendigar. No le doy nada. No tengo ganas de darle limosna. Estoy por encima de esos dadores de limosna. Para él tengo solo aversión, suspicacia y odio.

Bordeo un ruinoso muro de lodo. Ladrillos rotos han sido amontonados en la brecha detrás de la pared no hay nada.
Una brisase levanta, llevando el frio de otoño a través de mi vieja ropa . Y por todas partes hay polvo.

Me pregunto que método debo utilizar para mendigar. ¿En qué voz debo hablar? ¿Qué clase de pantomima debo mostrar si pretendo ser mudo?

Algunas personas caminan solas.

No recibiré limosna, ni siquiera el deseo de dar limosna.
Recibiré el disgusto, la suspicacia y el odio de los que se consideran superiores a los que dan limosna.
Mendigaré muy quieto y en silencio.
Recibiré, finalmente, nada.

Una brisa se levanta, y hay polvo por todas partes. Algunas personas caminan solas.
Polvo, polvo
…………
polvo.

September 24, 1924.

dibujo de Lu Hsun por Tao Yan-ching

Tuesday, March 07, 2006

EgoísmomsíogE

-Eres un egoísta.
-¿Por qué?
-Porque no me quieres como yo deseo.

Tomado de Fixión Flash, Hugo López Cabral. Caldus. México. 1979.



Acuarelass. Pintura de Kebol Shevic.

Monday, March 06, 2006

Pelos




Meng Fei Ng

Al doctor le gusta usar pelucas de mujer cuando se va a dormir. La particularidad de su extraño gusto es que las pelucas tenían que ser de cabello de mujer. Nada artificial. Así que el doctor visitaba frecuentemente las peluquerías, en donde los cabellos vuelan, se amplían, se expanden, se riegan y se esparcen por doquier. Cada entrada que hacía por las puertas de aquellos lugares le abría una sensación de éxtasis, a tal nivel que le temblaban las manos y sentía escalofríos desde la punta de sus pies hasta la punta de su cabeza con sutilezas de erizamiento de pelos. Delante de las empleadas (incluye mujeres y locas), estilistas (incluye mujeres y locas) y la clientela, recogía los variados mechones, residuos de cabellos de diferentes colores mezclados con suciedad del piso. Después se los llevaba a la boca para catar su calidad. No sé de qué factores dependía el control de calidad, pero estoy seguro de que él sabía porque lo expresaba con grandes gemidos de placer mientras masticaba y jugaba en el piso con esas piezas sin vida que alguna vez pertenecieron y respiraban en las cabelleras de femineidades recíprocas. El siguiente paso que seguía era el de olerlo. Oler el aroma de mujer entre la saliva y la desesperación. Aspiraba los pelos tan fuertemente que se escuchaba un sonido de instrumento de viento en seco parecido a una pequeña aspiradora nasal.

Clasificaba los olores, diferenciando los productos químicos, sin lavar, con caspa, piojos, y así. Tampoco sé cómo realizaba el control de calidad de los olores pero él lo sabía y eso era lo importante. Después de hacerlo los clasificaba y cogía los casi perfectos. En el proceso unos cuantos cabellos se le iban por la nariz junto al polvo y otras suciedades, pero no le importaba, porque así tosía graciosamente y reía. Una orgía de pelos yacía en la antítesis de sus manos que recorrían su cuerpo tanto externamente como internamente. El clímax lo llevó a desvestirse. La multitud ya estaba conmovida de tanto show pragmático en un drama sicótico. ¡Terrorista! Lo llamaban las doñas en medio de la faena de rebuscar la belleza en aquellos salones de plasticidad. ¡Vulgar! Le decían las fresas y ¡sexy! los artistas presentes. Los estilistas no opinaron, simplemente observaban con estupor. Las empleadas con anticlímax se meneaban con pudor, como si quisieran participar en ese acto vil y sublime pero remordedor de conciencias sin poder romper sus propias barreras de temor ante tal situación. No podían actuar en ese show porque serían despedidas. Un suicidio.

Finalmente el doctor metía con eclecticismo los cabellos escogidos en una bolsa plástica de algún supermercado como si estuviera comprando a escondidas accesorios de mujer una vez que su alarma biológica bajó a alerta naranja. Se robó 1264 cabellos (los contó en su baño blanco donde contrastaba el color de las finas cuerdas reales de mujer), un lápiz labial y ocho esmaltes para las uñas de diferentes colores, ya les diré porqué, pero de seguro no eran para su esposa. Nadie se dio cuenta de nada, ya que todas se quedaron pasmadas. El robo, digo, el show fue un éxito para la audiencia. Claro, ésta es apenas una pequeña muestra de lo que pasa cuando visita peluquerías de mujer, cuando hace una entrada triunfal en ellas y sale liberado. Al de hombres no va.

En el baño blanco que tiene, es decir, de bañera blanca, piso, techo y paredes blancos, lavamanos, inodoro blanco, cortinas de baño, cepillo, crema dental, jabón blanco, revisa el estado de los cabellos ensalivados y pegajosos.

Al acercarse a la bañera abrió las llaves de agua caliente y fría en un acto de conservación para sus pelos, ya que los iba a lavar con mucho empeño pero con la delicadeza de una madre cuando baña a su recién nacido. Está en proceso el proceso llenado de la bañera pulcramente blanca. Digo pulcramente, porque limpia su baño afanosamente todos los días cuidando de que no quede residuos de nada por si en algún momento el servicio secreto lo rastrea hasta su casa. Dedica de tres a seis horas borrando rastros en el baño de cualquier reunión clandestina y fetichista con aires de minuciosidad.

El trabajo tan arduo de limpieza lo hace sudar abundantemente, cosa que le gusta mucho para coleccionar cada gota de su sudor en una botella de vidrio para agua potable. No se preocupen, no se lo bebe (eso creo), simplemente le gusta dársela a su gata que a veces al beberlo tiene ganas de tener relaciones con el perro del vecino. El doctor disfruta de tal función de vez en cuando a las tres de la mañana. Lo hace sentirse glorificado. Lo cruel sería que él se la tomara para tener relaciones con su gata. Ese detalle sólo la gata lo sabe. Nosotros no, porque ella no nos habla. No por ahora. Con respecto a las propiedades afrodisíacas del sudor del doctor éstas no están comprobadas. Reacciones alérgicas a tal líquido han sido manifestadas por su gata. Tested on animals.

Mientras se llenaba su bañera de agua, se babeaba imaginando dormir con los cabellos, acariciándolos, estrujándolos y derramándolos en todo su cuerpo como plumas líquidas llenas de pasión salvaje. Así que su corazón palpitaba rápidamente a la espera de desintoxicar a los pobres cabellos. Le quita lo dirty pero no lo nasty de las criaturas finamente peludas. Deseaba preservar la esencia original del producto. El doctor se imagina cuántas veces los cabellos de mujeres que posee en sus manos han presenciado y han sido testigos de relaciones sexuales de sus amas y eso lo excita más. Ya para cuando el agua de la bañera se derramaba por el piso, dio un grito desgarrador. No se percató del paso del tiempo mientras viajaba por su imaginación. El doctor estaba sentado en el borde de la bañera donde también estaban sus dulces cabellos, cuando sintió el agua humedeciéndole pantalones. Miró tratando de hallar el lugar donde descansaban los cabellos. Al darse cuenta de que nadaban por el piso, sintió un remordimiento tan grande contra el agua que la golpeó desesperadamente. Fue un intento inútil de salvar al fino producto que se destilaba por el drenaje de su baño. Vio claramente como cada uno de sus 1264 cabellos desaparecían de su vista por el hueco del drenaje entre la tapa de la misma y el cavernoso tubo lleno de aguas negras. Fue debido a lo contrastante de sus variados cabellos que pudo apreciar claramente aquellas vidas yéndose al matadero, al suicidio masivo y compulsivo. El doctor observaba a lo lejos desde una esquina de su baño el recorrido de sus cabellos hacia el drenaje en la otra esquina y de ahí al alcantarillado. No se podía mover, estaba tenso por la pérdida, por la impotencia de no poder hacer nada, como si en él el tiempo se detuviera. Era una experiencia traumática. Sus amados cabellos, sus pelos, ya no estaban.

Luego de secar su baño y limpiarlo afanosamente se sentó a la orilla de su bañera. Miraba el drenaje y las lágrimas le brotaban recorriendo lentamente sus mejillas desde sus ojos vacíos y rojos hasta el borde pálido de su mentón. Caían y las reciclaba en una botella de agua potable para bebérsela y emborracharse con ella. No dejaba de mirar aquél drenaje. Estaba tieso. De repente, reaccionó y fue a buscar el lápiz labial y los ocho esmaltes para uñas. Una vez en sus manos todo eso se secó las lágrimas y salió de su casa. Buscó a sus novias y les regaló sus ocho esmaltes a cada una. Se pintó los labios, y besó a cada una de ellas. Cada vez que terminaba de besar a una, se daba un retoque y besaba a la siguiente. En el acto lloraba al sentir los cabellos de aquellas. Les recordaba a sus niñas finas, las que una vez tuvo entre sus manos. Recordaba todo lo que tuvo que hacer por ellas, desde rescatarlas de sus amas hasta la posibilidad de poderlas bañar y dormir con ellas. Al terminar de besar a la octava, durmió sólo. Al despertar al siguiente día, decidió dedicar el resto de su vida a pintarle las uñas a sus novias. Siempre empezaba por los pies y terminaba con las manos. Trabajaba principalmente para comprar esmaltes. Así se consolaba por la ausencia de sus cabellos y llenaba su existencia. Sus ochos novias que eran ochos esmaltes para uñas y un lápiz labial.

El autor es estudiante. Nació en Brasil, de padres chinos. Es ciudadano venezolano y actualmente reside en Puerto Rico. Ha ganado algunos certámenes literarios en el ámbito universitario.

Monday, February 27, 2006

Relato de Raymond Carver, para la concurrencia


Intimidad

Tengo unas gestiones que hacer al oeste del estado, así que aprovecho para pararme en la pequeña población donde vive mi ex mujer. No nos hemos visto en cuatro años. Pero de cuando en cuando, siempre que se publica algo mío o escriben sobre mí en revistas y periódicos -una semblanza, una entrevista-, le envío los recortes. No sé por qué lo hago; tal vez porque pienso que puede interesarle. Pero ella nunca me contesta.
Son las nueve de la mañana. No la he llamado por teléfono, y la verdad es que no sé cómo va a recibirme.
Pero me deja pasar. No parece sorprendida. No nos damos la mano. Ni que decir tiene que no nos besamos. Me hace pasar a la sala. Llevo apenas unos segundos sentado cuando me trae café. Luego empieza a decirme lo que piensa. Dice que soy el culpable de su angustia, que he hecho que se sienta desnuda y humillada.
Que quede claro: me suena tan familiar que no me siento en absoluto incómodo.
Dice: Y entonces te metiste de lleno en el engaño. Tan pronto. Siempre te has sentido bien en el engaño. No, no es cierto. Al principio al menos no era así. Entonces eras diferente. Pero también yo era distinta, imagino. Todo era distinto entonces. No, fue después de que cumplieras los treinta y cinco, o treinta y seis, por esa época, no sé cuándo exactamente, mediada la treintena. Entonces empezaste. Vaya si empezaste. Te volviste contra mí. Te despachaste a gusto. Debes de sentirte muy orgulloso de ti mismo.
Dice: A veces tengo ganas de gritar.
Deberías olvidar los días duros, los malos tiempos al hablar de aquella época, me dice. Párate a pensar también en los buenos, me dice. ¿O es que no los hubo? Le gustaría que dejase a un lado los otros, los malos. Está harta del dichoso tema. Hastiada de oír hablar de ello. Tu cantinela preferida, dice. Lo hecho, hecho está, y el pasado nadie puede cambiarlo. Una tragedia, sí. Bien sabe Dios que fue una tragedia, más que una tragedia. Pero ¿a qué viene volver sobre ello? ¿Es que no te cansas nunca de desenterrar la vieja historia?
Dice: Deja a un lado el pasado, por el amor de Dios. Todas esas viejas heridas. Seguro que en tu carcaj han de quedarte otras flechas.
Dice: ¿Sabes una cosa? Creo que estás enfermo. Creo que estás como una cabra. Oye, ¿no te creerás todas esas cosas que dicen de ti? No te las creas ni en broma. Mira, yo podría contarles un par de cosas. Déjame hablar con ellos; yo sí que podría contarles algo bueno.
Dice: ¿Me estás escuchando?
Te estoy escuchando, digo. Soy todo oídos, digo.
Dice: ¡Lo que he tenido que aguantar, señor mío! Y además, ¿quién te ha pedido que vengas a verme? Yo no, desde luego. Apareces y entras. ¿Qué diablos quieres de mí? ¿Sangre? ¿Más sangre? Pensaba que tenías ya la panza llena.
Dice: Piensa que estoy muerta. Quiero que me dejes en paz. Lo que quiero es que me dejes en paz, que me olvides. Mira, tengo cuarenta y cinco años. Cuarenta y cinco, y tengo la impresión de tener cincuenta y cinco, o sesenta y cinco. Así que déjame en paz, ¿quieres?
Dice: ¿Por qué no borras toda la pizarra y miras luego lo que queda? ¿Por qué no empiezas de nuevo otra pizarra? Hazlo, a lo mejor llegas lejos.
Esto último le hace reír. Yo río también, pero en mi caso son los nervios.
Dice: ¿Sabes una cosa? También yo tuve mi oportunidad, pero la dejé pasar. Sí, la dejé pasar. No creo habértelo contado nunca. Pero ahora mírame. ¡Mírame! Echame un buen vistazo, ahora que puedes. Me dejaste tirada como un trapo, grandísimo hijo de perra.
Dice: En aquel tiempo yo era más joven, y mejor persona. Quizá tú también lo eras. Mejor persona, me refiero. Lo eras, sin duda. Tenías que ser mejor persona, porque si no nunca habría tenido nada que ver contigo.
Dice: Te quise tanto. Te quise con locura. Sí, así te quise. Más que a nada en el mundo. ¿Te das cuenta? Es para morirse de risa. ¿Te imaginas? Estábamos tan íntimamente unidos en aquella época que apenas puedo creerlo. Creo que eso es precisamente lo que más extraño se me hace ahora. El recuerdo de haber tenido tal intimidad con alguien. Una intimidad tan grande que me dan ganas de vomitar. No me cabe en la cabeza una intimidad así con otra persona. Nunca he vuelto a tenerla.
Dice: Sinceramente, quiero que me dejes al margen de todo de ahora en adelante. Lo digo en serio. Además, ¿quién te has creído que eres? ¿Te crees Dios o algo parecido? Tú no eres digno ni de lamerle las botas. Ni las botas de Dios ni las de nadie, si vamos al caso. Señor mío, ha estado usted frecuentando gente que no le conviene. Pero ¿qué puedo saber yo? Ya ni siquiera sé qué es lo que sé. Pero sé que no me gusta lo que has ido repartiendo a manos llenas. Al menos sé eso. Ya sabes a lo que me refiero, ¿no? ¿Me equivoco?
No, digo. En absoluto.
Dice: Vas a darme la razón en todo, ¿no? Te das por vencido muy fácilmente. Siempre has sido igual. No tienes principios, ni uno solo. Eres capaz de cualquier cosa con tal de escurrir el bulto al menor conflicto. Aunque eso no viene a cuento.
Dice: ¿Te acuerdas de aquella vez que te amenacé con un cuchillo?
Lo dice como de pasada, como si se tratara de algo sin importancia.
Vagamente, digo. Seguramente me lo merecía, pero no lo recuerdo bien. Vamos, cuéntamelo, adelante.
Dice: Creo que ahora empiezo a entender... Creo que sé a qué has venido. Sí. Sé por qué estás aquí, aunque quizá tú no lo sepas. Pero eres un viejo zorro. Sabes por qué estás aquí. Has salido de pesca. En busca de material. ¿Me acerco? ¿He dado en el clavo?
Cuéntame lo del cuchillo, digo.

Dice: Si te interesa saberlo, lamento no haber llegado a utilizarlo. De veras. Lo digo con el corazón en la mano. Lo he pensado una y mil veces, y siento mucho no haberlo utilizado. Tuve ocasión de hacerlo. Pero vacilé. Dudé y la oportunidad se perdió, como dijo alguien. Pero debería haberlo utilizado, y al diablo con todo. Debería haberte dado un tajo en el brazo, al menos. Al menos eso.
Pero no lo hiciste, digo. Creí que ibas a darme una cuchillada, pero no lo hiciste. Luego te quité el cuchillo.
Dice: Siempre has tenido suerte. Me lo quitaste y me diste una bofetada. Siento mucho no haber utilizado aquel cuchillo. Un pequeño corte, al menos. Hasta un pequeño corte habría bastado para dejarte un buen recuerdo mío.
Tengo montones de recuerdos, digo. Y al punto me arrepiento de haberlo dicho.
Dice: Amén, hermano. Por si no te has dado cuenta, ahí está la manzana de la discordia. Ahí reside todo el problema. Pero en mi opinión, como ya te he dicho, recuerdas lo que no deberías recordar. Recuerdas las cosas bajas, vergonzosas. Por eso te has interesado tanto cuando he sacado a relucir lo del cuchillo.
Dice: Me pregunto si alguna vez te arrepientes de algo. Si es que ese sentimiento vale algo hoy día. No mucho, me temo. Aunque tú deberías ser ya un especialista en el tema.
Arrepentimiento, digo. No me interesa gran cosa, la verdad. No es un vocablo que utilice muy a menudo. Arrepentimiento. No, supongo que en general no siento nada parecido. Admito que tengo tendencia a recrearme en el lado oscuro de las cosas. Bueno, a veces. Pero ¿arrepentimiento? No, creo que no.
Dice: Eres un grandísimo hijo de perra, ¿lo sabías? Un despiadado e insensible hijo de perra. ¿ Te lo han dicho alguna vez?
Sí, tú, digo. Miles de veces.
Dice: Yo siempre digo la verdad. Aunque duela. Nunca podrás cogerme en una mentira.
Dice: Se me cayó la venda de los ojos hace mucho tiempo, pero ya era tarde. Tuve mi oportunidad, pero la dejé escapar entre los dedos. Durante un tiempo llegué incluso a pensar que volverías. ¿Cómo pude imaginar algo semejante? Debía de estar muy desquiciada. Tengo ganas de llorar a mares, pero no voy a darte ese placer.
Dice: ¿Sabes? Si te estuvieras quemando vivo ahora mismo, si de pronto tu cuerpo se pusiera a arder en este mismo instante, no correría a echarte encima un cubo de agua.
Ríe ante lo que acaba de decir. Pero su semblante vuelve a ponerse grave en seguida.
Dice: ¿Qué diablos haces aquí? ¿Quieres seguir oyendo cosas? Podría seguir así días y días. Creo que sé por qué has venido, pero quiero que seas tú quien me lo diga.
Al ver que no respondo, que sigo allí sentado y quieto, continúa.
Dice: A partir de entonces, a partir del día en que te fuiste, ya nada me importaba. Ni los niños, ni Dios, ni nada. Era como si no supiera qué cataclismo me había fulminado. Era como si de pronto hubiera dejado de vivir. Había ido viviendo año tras año, y de pronto la vida cesaba. No se detenía sin más, sino con un chirrido horrible. Pensé: si para él no valgo nada, tampoco valgo nada para mí misma, para nadie. Eso fue lo peor. Sentía que se me iba a romper el corazón. ¿Qué, digo? Se me había roto. Claro que se me rompió. Así, sin más. Y sigue roto, si te interesa saberlo. Esa es la verdad, en pocas palabras. Lo puse todo en ti: todos los huevos en la misma cesta. Eso es lo que hice. Todos los huevos podridos en la misma cesta.
Dice: Encontraste a otra, ¿no es eso? No te llevó mucho tiempo. Y ahora eres feliz. Eso es lo que dicen de ti, al menos. «Ahora es feliz.» ¿Sabes? ¡Leí todo lo que me mandaste! ¿Pensabas que no iba a hacerlo? Escuche, señor, le conozco muy bien. Siempre te he conocido bien. Entonces y ahora. Conozco el fondo de tu corazón. Todos sus recovecos. No lo olvides nunca. Tu corazón es una jungla, una selva oscura. Un cubo de la basura, por si quieres saberlo. Si quieren preguntar a alguien, diles que vengan a hablar conmigo. Yo sé muy bien cómo funcionas. Tú deja que vengan por aquí: se enterarán de un buen puñado de cosas. Yo estaba allí. En primera línea, camarada. Luego me exhibiste y ridiculizaste en tu... «literatura». Para que todo el mundo me compadeciera o se permitiera juzgarme. Pregúntame si me importaba. Pregúntame si pasé vergüenza. Vamos, pregúntamelo.
No, digo. No voy a preguntártelo. No quiero entrar en eso, digo.
¡Pues claro que no quieres! ¡Y también sabes por qué!
Dice: Querido, no quiero ofenderte, pero a veces creo que sería capaz de pegarte un tiro y quedarme mirando cómo estiras la pata.
Dice: No puedes mirarme a los ojos, ¿eh?
Dice (y son palabras literales): Ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos cuando te hablo.
Muy bien, de acuerdo, la miro a los ojos.
Dice: Así. Perfecto. Puede que así podamos llegar a alguna parte. Así está mucho mejor. Si la miras a los ojos, puedes saber mucho de la persona con quien hablas. Lo sabe todo el mundo. Pero ¿sabes otra cosa? Nadie en todo el planeta se atrevería a decírtela. Nadie más que yo. Yo tengo derecho. Me gané ese derecho, querido. Bien, escucha, te crees alguien que no eres. Esa es la pura verdad. Pero ¿qué puedo saber yo? Eso es lo que dirán en los cien próximos años. Dirán: «¿Quién era ella, al fin y al cabo?»
Dice: En cualquier caso, de lo que no hay duda es de que tú sí me has tomado a mí por otra persona. ¡Ya ni siquiera tengo el mismo nombre! Ni el que me pusieron cuando nací, ni el que llevé cuando vivía contigo, ni el que tenía hace un par de años. ¿Cómo se explica eso? ¿A qué vienen todos estos cambios? Pues bien, escucha: quiero que me dejes vivir en paz. Por favor. No creo que sea un crimen.
Dice: ¿No deberías estar en otra parte? ¿No tienes que coger ningún avión? ¿No tendrías que estar en algún sitio a doscientos kilómetros de aquí en este preciso instante?
No, digo. Y lo repito: No. No tengo que estar en ninguna parte.
Y entonces hago algo. Alargo la mano y le cojo la manga de la blusa entre el pulgar y el índice. Y eso es todo. No hago más que tocarla así, y después retiro la mano. Ella no se aparta. No se mueve.
Y he aquí lo que hago luego: me pongo de rodillas, un tipo grande como yo, y cojo el dobladillo de su vestido. ¿Qué estoy haciendo en el suelo? Me gustaría saberlo. Pero sé que estoy donde debo estar, y sigo de rodillas aferrado al bajo de su vestido.
Se queda inmóvil un instante, pero al momento siguiente dice: Está bien, bobo. Eres tan tonto a veces... Levántate. Te digo que te levantes. Venga, hazme caso. Ya lo he superado. Me llevó bastante tiempo, pero logré superarlo. ¿Qué creías? ¿Que me iba a ser fácil? Luego apareces en mi puerta y toda la vieja historia se me viene de nuevo encima. Necesitaba airearla. Pero sabes y sé que todo aquello es agua pasada.
Dice: Durante mucho tiempo mi desconsuelo fue total. Inconsolable... Así estaba yo, cariño. Anota esa palabra en tu pequeña libreta. Puedo decir por experiencia que es la palabra más triste de todo el diccionario. Bien, pero al final pude superarlo. El tiempo es un caballero, dijo un sabio. O alguna mujer vieja y cansada, quién sabe.
Dice: Ahora tengo una vida. Una vida diferente de la tuya, pero supongo que no debemos compararlas. Es mi vida, y eso es lo importante; es de eso de lo que tengo que ser más y más consciente a medida que envejezco. Pero no te sientas demasiado mal. Bueno, quizá tampoco pase nada porque te sientas un poco mal. No te morirás, y es lo menos que puede esperarse de alguien que no es capaz de arrepentirse.
Dice: Vamos, levántate. Tienes que irte. Mi marido está a punto de llegar para el almuerzo. ¿Cómo podría explicarle todo esto?
Es absurdo, pero sigo de rodillas aferrado al bajo de su vestido. No quiero soltarlo. Soy como un terrier, y es como si estuviera pegado al suelo. Como si no pudiera moverme.
Dice: Levántate ahora mismo. ¿Qué pasa? ¿Quieres algo más de mí? ¿Qué es lo que quieres? ¿Que te perdone? ¿Por eso haces todo esto? Es por eso, ¿no es cierto? Por eso te desviaste para venir a verme. Lo del cuchillo parece que te ha reanimado un poco. Creí que lo habías olvidado. Pero ahí estaba yo para recordártelo. Bien, si te vas ahora mismo te diré algo.
Dice: Te perdono.
Dice: ¿Satisfecho? ¿Mejor así? ¿Te sientes feliz? Sí, ahora se siente feliz.
Pero yo sigo allí, arrodillado.

Dice: ¿Has oído lo que he dicho? Tienes que irte. ¿Eh, bobo? Querido, te he dicho que te perdono. Hasta te he recordado lo del cuchillo. ¿Qué más puedo hacer? Has salido bien parado, pequeño. Vamos, date prisa, tienes que irte. Levántate. Así, muy bien. Sigues siendo un hombre grande, ¿eh? Aquí tienes tu sombrero. No te olvides el sombrero. Antes nunca llevabas sombrero. Nunca en la vida te había visto con sombrero.
Dice: Escucha. Mírame. Escucha atentamente lo que voy a decirte.
Se acerca. Su cara está apenas a un palmo de la mía. No habíamos estado tan cerca en mucho tiempo. Aspiro el aire entrecortado y quedamente para que no me oiga, y espero. Tengo la impresión de que el corazón me late más despacio.
Dice: Cuéntalo como crees que debes, y olvida lo demás. Como siempre has hecho. Llevas tanto tiempo haciéndolo que no te será muy difícil.
Dice: Bien. Ya está hecho. Eres libre, ¿no es cierto? Al menos piensas que lo eres. Libre al fin. Era una broma, pero no te rías. De todas formas te sientes mejor, ¿no crees?
Me acompaña por el pasillo.
Dice: No sé cómo podría explicarle esto a mi marido si apareciera en este momento. Pero qué importa. Si nos ponemos a pensarlo, hoy día a nadie le importa un comino nada. Además, creo que todo lo que podía pasar ya ha pasado. A propósito, mi marido se llama Fred. Es un buen hombre. Trabaja duro para ganarse la vida. Y se preocupa por mí.
Me acompaña hasta la puerta, que ha estado abierta todo el rato. Durante toda la mañana han estado entrando la luz y el aire fresco y los ruidos de la calle, pero no nos hemos dado cuenta. Miro hacia el exterior y veo, oh, Dios, una luna blanca suspendida en el cielo de la mañana. No creo haber visto jamás nada tan extraordinario. Pero me da miedo comentarlo. Sí, me da miedo. No sé lo que podría pasar. Hasta podría echarme a llorar. O no entender en absoluto mis propias palabras.
Dice: Puede que algún día vuelvas a verme o puede que no. Lo de hoy no tardará en borrarse, lo sabes. Pronto volverás a sentirte mal. A lo mejor consigues una buena historia de todo esto. Pero si es así, no quiero saberlo.
Le digo adiós. Ella no dice nada. Se mira las manos, luego se las mete en los bolsillos del vestido. Sacude la cabeza. Vuelve a entrar en casa, y esta vez cierra la puerta.
Me alejo por la acera. Unos niños se pasan un balón de fútbol al otro extremo de la calle. Pero no son hijos míos. Ni hijos de ella. Hay hojas secas por todas partes, incluso en las cunetas. Mire donde mire, las veo a montones. Caen de los árboles a mi paso. No puedo avanzar sin que mis pies tropiecen con ellas. Deberían hacer algo al respecto. Deberían tomarse la molestia de coger un rastrillo y dejar esto como es debido.

Tres rosas amarillas ( Editorial Anagrama)